sábado, 15 de octubre de 2016

Feliz día, Mamá -


Hubo un día en que ella llegó y se puso un paño húmedo en la frente, se recostó pesadamente en la cama, dejó encendida la luz de la lámpara y se quedó en silencio. Estaba en eso cuando el hijo la vió. Él había dejado sobre la mesa de la cocina el cuaderno de clase y el lápiz empequeñecido que usaba con dos puntas, una para dibujar y otra para escribir. 
Por enésima vez la cabeza le estallaba-años después supimos que era la presión- y también el deterioro propio de una persona que trabaja en cinco casas cada día, limpiando. 
Sin descubrirse el rostro, ella le preguntó que le gustaría recibir como regalo de cumpleaños. El hijo se quedó en silencio, y pensó en varias cosas a la vez, las enumeró en voz alta, se alejó de aquella escena al galope de un  caballo blanco, cruzó un río envalentonado por una larguísima capa negra, llevaba en su mano una espada, los cascos del corcel chapoteaban en el agua. Y atrás corrían a galope tendido una cantidad de jinetes de uniforme, también con espadas. 
Pero el enmascarado de pronto se detuvo, el caballo se paró en sus dos patas traseras y retomando el sendero de regreso arremetió contra los perseguidores, abatiéndolos a todos. Eso quería: un caballo. Y también una espada y una capa negra.
Ella se quitó por un segundo el paño de la frente, lo humedeció en una palangana que estaba en el suelo  y lo miró fijo. 
Le preguntó: ¿Y qué más?, mientras volvía a acomodarse en la cama.
Él se quedó mirando el agotado rostro y vió en lo profundo de esos amados, entristecidos ojos castaños, la sombra del timón que sostenía a duras penas el capitán en medio de la tormenta, sofocado por el aire impregnado de humedad y calor, mientras una ola gigante casi hace dar vuelta el barco. Eso deseaba, un barco, donde él, pirata con pata de palo, la llevaría a navegar por todos los mares, a conocer mundo, a pasear. Eso quería él, un barco pirata. 
¿Má?, preguntó.
Ella se sonrió, esta vez sin quitarse el paño de los ojos, le acarició el rostro y volvió a preguntar: ¿Y qué más?. 
La ruda mano de aquella mujer mostraba las venas como una enramada a punto de reventar y allá en lo alto, en la inmensidad de la selva, una infinidad de sonidos inalcanzables, de pájaros, de monos, de insectos, de colores, mientras un hombre cruzaba de árbol en árbol sujetándose de esas lianas. 
Después ella se durmió, él apagó la luz y se fue a su cuarto seguido por una muchedumbre de personajes que lo acompañaron en sus sueños.
Al amanecer del día siguiente, lloró abrazado a su madre al recibir como regalo un flamante lápiz amarillo y negro. Él no sabía entonces quién estaba detrás de aquella equivocación. Porque aquella vez él pensó que se trataba de una equivocación. 
Años después, un día de octubre, muy lejos de aquel lugar, sabiendo que aquella madre era de alguna forma todas las madres, escribió: “Feliz día, Mamá. Hubo un día en que ella llegó y se puso un paño húmedo en la frente, se recostó pesadamente en la cama, dejó encendida la luz de la lámpara y se quedó en silencio…

Pedro Pallero

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