viernes, 31 de octubre de 2014

Edición del día sábado 1 de noviembre


Edición del día 1 de noviembre página 4


Pesadilla

Todos soñamos. Hay buenos sueños, pesadillas y de los otros. En los buenos sueños uno tiende a anhelar la continuidad de los hechos, la permanencia en el tiempo de aquel momento sublime en que tal vez somos niños nuevamente, tal vez recobramos la mirada de un ser querido, hasta cierto aroma a malvones, ciertos colores. En los otros sueños, las pesadillas, deseamos despertar, a veces aún teniendo la sospecha de estar padeciendo un disgusto imaginado, también queremos despertar. 
En cambio, los otros sueños, que enlazan las peores vivencias, los más temidos horrores con la obligada permanencia, de esos sueños, uno no se despierta. Nada puede contra esa cruel vigilia, ni el ruido del viento arrebatando cercanas, las ramas de los árboles, ni el estruendo de los rayos, nada logra despertarnos, alejarnos de esas horas donde las pesadillas se hacen realidad. El espantoso frío del agua y el barro, entreverándose de a poco con nuestro espacio, hinchando las patas de sillas y mesas, tragándose la heladera y la cuna y la mesa de luz, y llevando a su paso la seguridad, el afecto, el hogar que tanto ha costado levantar, soñando, en otro tiempo, en otro sueño.
Después, muy poco después, llegará velozmente el silencio. Y luego los pasos de pies descalzos, como un retazo de otro sueño, los pies chapoteando, y otros pasos vecinos también húmedos, cansados. Luego las voces: alguien que maldice el destino de afrontar una vez más este designio, alguien que dice mal por los demás, juzgando que mejor sería que la gente elija vivir en lugares más altos, lugares que no se inunden, como si alguien pudiera realmente optar por vivir inundado. 
El mal sueño sigue, persiste el agua tragándose en bocanadas gigantescas las casas, los jardines, las calles de barro y las otras calles. Allá va la gente en busca de una taza de mate cocido, un colchón seco, una manta. Llevan sus hijos a cuestas, y en bolsas de nylon algo de ropa, unos documentos, un celular, cosas que pudieron sacar a tiempo. Después, tal vez algunos días después, cuando todo pase, cuando despierten, volverán sobre sus pasos para recomenzar el sueño y a la luz del sol, olvidar la recurrente pesadilla.


Edición del día 31 de octubre


domingo, 26 de octubre de 2014

Moreno cumple 150 años


El río sigue ahí, impávido ante la luna de este octubre que se termina. Anochece en Moreno y el cielo en este lugar en el mundo se refleja en ese fluir constante, donde alguna vez hubo bañistas y un ajetreado devenir de vecinos, llegados en busca del aire distinto, la arboleda profusa, el cambio de aire. Pero aunque el río está, fluye, y en su andar confirma aquella añeja ley de la dialéctica que asegura que todo cambia y nada permanece estático, que nadie se baña más de una vez en el mismo río.
Claro está, por un lado, porque aquellas aguas donde algún vecino recordará haberse sumergido, a esta altura ya resulta imposible volver a zambullirse, y por otro, porque el tiempo, que nos sucede a todos, ha dejado secuelas incluso en esas aguas.
Hoy, mientras la nostalgia